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Creíamos ser felices

Iglesia Embajadores de Cristo, pastor Julio César Cortez Araujo
Tlapa de Comonfort, Guerrero

Hace 8 meses di uno de los pasos más importantes que todo hombre puede dar, me uní en matrimonio con mi hoy esposa. Nuestra vida matrimonial ha sido buena; como en cualquier hogar ha habido altas y bajas; alegrías y enojos, pero siempre tratando de solucionar las cosas de la mejor manera. Según nuestra familia y también nosotros, éramos una familia feliz, no sufríamos de ninguna carencia, todo era alegría y felicidad.

Todo cambió el día que conocimos al hermano César Araujo a quien le llevamos a su negocio un equipo celular para que lo revisara y reparara.

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Mientras esperábamos que terminara de revisarlo y nos dijera cual era la falla en el equipo, nos llamó la atención unos folletos que tenía sobre su mostrador. Tomamos el folleto titulado: La familia lo es todo y comenzamos a leerlo. Después de un buen rato, regresamos a casa, pero algo quedó en mi corazón que me mantuvo intranquilo por unos días. Por ese motivo, regresé para contarle al hermano César la inquietud que sentía. Después de algunos minutos de una buena plática, me pidió poder visitarnos en nuestro domicilio, para seguir conversando un poco más de la Palabra de Dios.

Varias semanas después de su visita, nos invitó a unirnos a uno de los grupos de estudios bíblicos que estaban teniendo en su iglesia. Nos platicó cómo llegó a conocer a Cruzada Mexicana, un ministerio que ha ayudado mucho a su congregación, al proveerles materiales de evangelismo y estudio. En un principio, pensaba que al asistir a sus reuniones nos sentiríamos con el compromiso de asistir a otros eventos más que nos invitara, por lo cual rechazamos su invitación en 2 ocasiones. Creíamos que sus visitas eran más que suficiente.

Una tarde, el hermano César se dirigía a una de las células de discipulado y por coincidencia nos encontramos en el camino. En esta ocasión no pudimos evadir su invitación a la reunión. Lo sorprendente fue que nos agradó mucho la reunión y sentimos el deseo de conocer aún mucho más de las cosas de Dios.

Tres semanas después de empezar nuestra asistencia a los grupos de estudio, mientras comíamos, mi esposa me dijo, “¿Te has dado cuenta de que, desde hace 2 semanas que comenzamos a asistir a las reuniones de discipulado, a pesar de que no te ha ido bien en el trabajo, no nos ha faltado nada en casa?”.  ¡Qué impacto! Entonces comprendimos el gran amor de Dios, del que tanto nos habían hablado y tomamos la decisión en ese momento de aceptar a Cristo como nuestro salvador.

Hoy a dos semanas de haber concluido los cursos de discipulado, mi esposa y yo hemos tomado la decisión de bajar a las aguas del bautismo y confesar públicamente nuestra fe en Jesucristo. Queremos hacer una entrega total a Su servicio, pues hemos entendido que en el mundo podemos tener todo y aparentemente ser felices, pero conocer a Dios y vivir de acuerdo con Sus promesas, hace que nunca nos haga falta nada, aún en los momentos más difíciles de la vida. Sólo entonces tenemos contentamiento en el Señor.

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