Iglesia Metodista Templo La Luz
Guachochi, Chihuahua
Cada mañana, al abrir los ojos y dar gracias a Dios por un nuevo amanecer, recuerdo que aún tengo un propósito en esta tierra: Compartir Su amor. A mi edad, muchos pensarían en descansar o en dejar que los días pasen tranquilamente, pero en mi corazón hay una carga y un deseo profundo de que las personas conozcan al Dios verdadero.
He tomado como costumbre caminar en un lugar muy especial para mí, el lago llamado Las Garzas. Allí, entre senderos, agua tranquila y la luz del sol que calienta suavemente, se reúne mucha gente de mi edad que también sale a ejercitarse y a disfrutar del día. Pero no es solamente un paseo o un ejercicio físico, es una oportunidad que Dios me brinda para sembrar semillas de esperanza.
Llevo conmigo un bolso en el que guardo algunos folletos que se han convertido en herramientas valiosas para llevar el mensaje del evangelio. Mientras camino, observo a quienes encuentro a mi paso y, con cariño, me acerco a platicar con ellos. Algunos me escuchan con atención, otros con curiosidad, y muchos reciben con gratitud los folletos que les entrego. Me emociona que las personas reciban estos folletos llenos de la Palabra de Dios, y que pueden transformar vidas, incluso en lo más profundo del corazón.
Esta labor me llena de entusiasmo, de alegría y de fuerza para seguir adelante, porque sé que no es en vano. Hay un Dios de amor y de misericordia que toca a cada persona, y yo simplemente soy un instrumento en sus manos.
Angélica Díaz Montoya

